¿Qué relación tengo con la comida?

Namaste,

Antes de ayer hablábamos de los tipos de Hambre Emocional que veo que se repiten y se repiten en la consulta de Coaching Nutricional, espero que te diera algún truco para empezar a mirar hacia aquello que a veces nos cuesta ver de nosotros mismos, o por lo menos abrir la posibilidad de que al comer sin hambre podemos estar “tapando” algo que no queremos ver.

Hoy quiero compartir contigo algunos casos prácticos que me parecen muy interesantes para ayudarte en ese cambio para que el hambre emocional sea algo del pasado y deje de estar presente en tu futuro. 

¿Alguna vez has deseado algo con todas tus ganas durante mucho tiempo? ¿Has dedicado muchas horas de tu tiempo para conseguirlo? ¿Lo conseguiste finalmente? ¿Cómo te sentías después de conseguirlo?

Voy a poner un ejemplo muy sencillo, recuerdo los años de universidad en la época de los exámenes (estudié derecho y ade y había que estudiar muchísimo ;)). Durante aproximadamente un mes en enero y otro mes en junio dedicaba de 10 a 12h a estudiar, dejaba de ver a amigos (excepto aquellos con los que compartía algunas horas de estudio), mi habitación iba acumulando montañas de ropa (y de polvo), cualquier “actividad” que surgía lo dejaba para “cuando terminaran los exámenes”… Recuerdo como tenía un objetivo: aprobar los exámenes, y cómo todo lo demás perdía importancia. Y recuerdo también el último día, el último examen, recuerdo perfectamente esa sensación de agotamiento, de cansancio, y a la vez de alegría. Recuerdo llegar a casa después del examen para descansar, la noche iba a ser larga, recuerdo lo que me costaba dormirme (si lo conseguía) porque estaba completamente agitada, recuerdo esa sensación de “retomar mi vida”, todas las “obligaciones” que había ido dejando a lo largo del mes me venían a la cabeza, ¡era el momento de retomarlas! recuerdo preguntarme ¿Qué hacía yo antes de empezar los exámenes? recuerdo de repente sentir un vacío inmenso, necesitaba replantear de nuevo mi día y a día, y aunque me apetecía muchísimo, había una parte de mi que se resistía, una parte de mi que no entendía, ¡te lo mereces! (me decía) pero aún así, había creado un hábito y casi era “lo normal” dedicarme solo a estudiar, era lo cómodo. Recuerdo también como al segundo día ya estaba llena de actividades que me apasionaban y la época de exámenes había quedado atrás.

Pues bien, te cuento toda esta historia, porque es lo que me ayuda a ponerme en los zapatos de ciertas personas cuando en consulta, por ejemplo, me viene un caso bastante reciente me decían: “llevo toda la vida queriendo  ser delgada, cada vez que estoy a punto de conseguirlo me autosaboteo, me pongo a comer, me doy atracones hasta que consigo de nuevo el peso que tenía antes o incluso más. Esto me frustra, me hace sentir mal y me hace odiarme”.

¿Sabes lo que esta persona llevaba repitiéndose una y otra vez hasta ese momento? “Siempre seré gorda y no lo voy a cambiar”

Según fuimos analizando la situación, esta persona llegó a una conclusión que le cambió la vida: “Tenía miedo a conseguir su objetivo, el objetivo que le hacía vivir, el objetivo que le hacía seguir buscando nuevas dietas, el objetivo que le hacía ser víctima y tener excusa para no relacionarse con hombres (porque le aterraba que le rechazaran “porque era gorda”), para ser sumisa en el trabajo (porque le aterraba que le echaran del trabajo “porque era gorda”), para relacionarse desde el miedo, esa emoción con la que se identificaba, esa emoción que justificaba todo lo que  no hacía, esa emoción que le hacía tener coartada para todo. El miedo había calado en su persona hasta lo más profundo, se sentía inferior, se sentía “no capaz” de ningún reto, había perdido la ilusión por vivir y el simple hecho de darse cuenta de los patrones que había ido siguiendo y ser consciente de cómo esa sumisión hacia todo y hacia todos fuera de casa, le hacía dentro de casa ser una persona que no le gustaba, pagar esa incapacidad de ser ella misma fuera, con su madre, ser incapaz de darle un beso, de acercarse a ella, de entablar una conversación, de decirle te quiero mamá.

¿Sabes por dónde empezamos a trabajar? tomando consciencia de la postura física que esta persona tenía cuando hablaba con su jefe, con una amiga o con su madre. Observar cuánto cerrado tenía su pecho (y su corazón), cómo estaba la cabeza, los hombros, si cruzaba las piernas o los brazos… ¡No puedes imaginarte cómo cambiando simplemente la postura puede cambiar tanto una relación! a partir de ahí, comenzamos a trabajar en la creación de ese ideal, esa persona con el peso ideal que había soñado toda su vida, cambiamos las creencias que le hacían identificarse con la gordura, aumentamos su autoestima y fue capaz de crear en su mente, para creer en ella misma y poco a poco alcanzar su peso sin necesidad de acudir a la comida.

¡Gracias por enseñarme tanto! Gracias de corazón.

 

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